El martes 12 de agosto la luna se alinea entre la tierra y el sol, cubriendo el disco solar por completo y oscureciendo el cielo sin ser de noche. El satélite de la tierra toma el protagonismo durante el día, cosa excepcional, para tapar el brillo del sol y hacerse omnipresente por unos instantes. Algo que, sirviendo de metáfora a la ciencia, han sufrido centenares de mujeres científicas a lo largo de los siglos.
Para conmemorar este 12 de agosto hemos seleccionado doce mujeres la luz de las cuales se vio eclipsada por sus colegas hombres, reforzando lo que la historiadora de la ciencia Margaret W. Rossiter describió como el efecto Matilda, en honor a la sufragista estadounidense Matilda Joslyn Gage. El efecto por el cual existe un sesgo de género histórico y contemporáneo que minimiza los éxitos logrados por las científicas, atribuyendo muchas veces estos descubrimientos a sus compañeros masculinos.
Uno de los casos más icónicos es el de Rosalind Franklin, química y cristalógrafa, quien en 1952 capturó la “Fotografía 51”, la prueba que demostraba la estructura de doble hélice del ADN. Unas imágenes que fueron mostradas sin su consentimiento por James Watson y Francis Crick, quienes no solo se aprovecharon de sus datos publicándolos en la revista Nature, sino que recibieron el Premio Nobel en 1962, excluyéndola por completo de todo reconocimiento.
En la sombra de los Nobel
Solo un 3% de los premios Nobel han sido otorgados a mujeres. El silencio en este reconocimiento es monumental, y son muchas las mujeres que se han visto eclipsadas en este escenario. Jocelyn Bell Burnell, astrofísica, descubrió en 1967 los púlsares, estrellas de neutrones que emiten radiación periódica, y lo hizo mientras analizaba los datos de un radiotelescopio que ella misma había ayudado a construir. Pero el Premio Nobel de Física de 1974 por ese descubrimiento fue a manos de su tutor, Antony Hewish, y al astrónomo Martin Ryle, dejándola en la penumbra. Hewish aseguró que haber distinguido a una estudiante de doctorado habría “desprestigiado” los premios.
Lise Meitner, considerada la madre de la fusión nuclear, fue alumna de Max Planck (aun y él considerar que las mujeres no debían de estar en la universidad), y fue pareja de trabajo de Otto Hahn (quien cobraba mientras ella trabajaba de forma gratuita). Ella aportó la explicación teorica exacta, pero Hahn recibió en solitario el Premio Nobel de Química en 1944, aun y haber estado nominados juntos previamente en 1939. Hahn no la mencionó en su discurso, pero hoy el elemento químico 109 lleva el nombre de Meitneri en honor a ella.
Los colegas teóricos de la física experimental Chien-Shiung Wu también recogieron el premio de la academia sueca el 1957, ignorando el trabajo experimental clave de Wu, quien había hecho posible demostrar que la lei de conservación de la paridad era falsa en las interacciones débiles de la física de partículas.
Joshua Lederberg, marido de Esther Lederberg (microbióloga pionera que descubrió la transducción bacteriana desarrollando técnicas fundamentales en genética) fue distinguido en 1958 sin reconocer la labor crucial de su mujer. Un eclipse que también vivió la genetista Nettie Stevens, descubridora de los cromosomas X y Y (gracias a los estudios con los escarabajos de la harina), quien vio cómo su supervisor publicaba conclusiones similares al mismo tiempo que ella, llevándose el reconocimiento de la comunidad científica, así como el Premio Nobel. Casi igual que Isabella Karle, la cristalógrafa que vio como su contribución a la ciencia hacía que su marido y su compañero matemático recibieran el más alto reconocimiento en química. Tanto los premiados como la misma comunidad científica manifestaron que ella se lo merecía igual que el resto, pero de nada sirvió.
Los Nobel son conocidos por obviar a las mujeres. Se dice que, cuando alguien propuso distinguir a Henrietta Swan Leavitt, la astrónoma descubridora del elemento clave para permitir la distancia entre estrellas, ésta hacía cuatro años que había muerto. Hoy, un cráter en la luna lleva su nombre. Y sería todo anecdótico si no les hubiese pasado a mentes brillantes como la de Williamina Fleming, compañera de Leavitt en el Harvard College Observatory, donde fue contratada como criada y donde acabó catalogando 10.000 estrellas y descubriendo más de 300 estrellas variables, 10 novas y 52 nebulosas.
Pero, de todas las injusticias ocultas, seguramente una de las más flagrantes sea la de Milena Maric, física, matemática y estrecha colaboradora del gran científico por excelencia: Albert Einstein. Maric no solo fue su primera mujer, sinó que él hablaba en sus cartas de su trabajo “juntos”, para luego firmar en solitario absolutamente todos los artículos de su año “milagroso”, 1905.
Compitiendo en desigualdad de condiciones
Quedan para la posteridad historias que ponen de manifiesto la precariedad, también económica, de aquellas que quisieron dedicar su vida a la ciencia. Como Maria Winkelmann- Kirch, la primera mujer en descubrir un cometa, que cedió el reconocimiento a su marido por ser ella legalmente su ayudante; o Gerty Cori, la primera mujer en recibir el Nobel de Medicina. Compartido con su marido y un fisiólogo argentino, la academia sueca dividió en dos la dotación económica del premio, incluyéndola a ella en el reconocimiento, pero dejándola fuera el reparto económico.
Y hay muchas más. Centenares de nombres (Agnes Pockels, Ada Lovelace, Florence Bascon, Emmy Noether o la misma Hipatia, de quien ni se sabe el año de nacimiento), de historias y de situaciones que han propiciado (y propician) ocultar descubrimientos científicos. Y, mientras la luz del sol se esconde tras la presencia de la luna, que este 12 de agosto sea una buena oportunidad para mirar al cielo y recordar que la ciencia no puede permitirse seguir eclipsando el talento de las mujeres.
