La psoriasis es una enfermedad inflamatoria crónica que afecta fundamentalmente a la piel. Sin embargo, alrededor del 30% de las personas con psoriasis acabarán desarrollando artritis psoriásica, una enfermedad que puede causar dolor articular, inflamación y limitación funcional. Aunque habitualmente la inflamación cutánea precede a la manifestación articular, hasta ahora no se conocía con exactitud cuál era el mecanismo detrás de esta progresión de un tejido al otro.
El estudio resuelve este enigma describiendo un proceso en dos fases. El equipo investigador ha demostrado que existe una población concreta de células inmunitarias, precursores mieloides proinflamatorios, que se originan en la piel inflamada y viajan hasta las articulaciones, donde son capaces de establecerse y propagar la inflamación. Un segundo elemento clave es el papel del microambiente local de la articulación: en condiciones normales, los fibroblastos residentes de la articulación actúan como barrera frente a la acción de estos precursores mieloides proinflamatorios; sin embargo, cuando esta barrera falla, las células mieloides procedentes de la piel pueden activar la respuesta inflamatoria en la articulación.
Según explica Juan D. Cañete, del Servicio de Reumatología del Hospital Clínic e investigador del grupo de Artropatías Inflamatorias (GRAI) del IDIBAPS, “la transición de la inflamación desde la piel hasta la articulación es un proceso sorprendentemente similar al que observamos en la metástasis tumoral, donde las células migratorias y un microambiente permisivo son esenciales para que la enfermedad progrese”.
“Conocer el mecanismo que impulsa la diseminación de la inflamación permitirá desarrollar nuevas estrategias diagnósticas para identificar a pacientes con psoriasis con mayor riesgo de padecer artritis, así como nuevas dianas terapéuticas orientadas a bloquear la migración o la activación de estos precursores mieloides”, añade Cañete.
Un aspecto relevante del estudio es que integra datos procedentes de modelos animales y de muestras de pacientes, incluidos controles sanos y personas con psoriasis o artritis psoriásica. Esta combinación refuerza la solidez de las conclusiones y revela que este mecanismo se conserva entre especies, un requisito indispensable para avanzar hacia futuras aplicaciones clínicas.
