Se calcula que aproximadamente el 25 % de los adultos de entre 18 y 50 años en todo el mundo tiene al menos un tatuaje. La prevalencia es casi el doble entre las generaciones más jóvenes. Para muchas personas, un tatuaje representa una historia personal escrita en la piel.
Pero mientras el debate suele girar en torno al diseño, el significado o el posible arrepentimiento con los años, desde el ámbito de la salud hace tiempo que se plantea otra pregunta: ¿qué consecuencias pueden tener para la salud a largo plazo?
¿Los tatuajes son malos para la salud?
La respuesta es que los tatuajes no son completamente inocuos desde el punto de vista biológico. Cuando una aguja inyecta tinta bajo la piel, el cuerpo lo interpreta como una agresión.
El proceso de tatuar implica miles de microperforaciones que introducen pigmentos en una capa profunda de la piel. Esta agresión activa inmediatamente el sistema inmunitario, que responde como lo haría ante un cuerpo extraño.
La tinta no se queda solo en la piel
El tatuaje no se queda únicamente donde lo vemos: una parte de la tinta viaja por el sistema linfático, la red interna que ayuda al cuerpo a defenderse de infecciones y a eliminar sustancias que no reconoce como propias. En pocos minutos, las partículas de tinta comienzan a desplazarse hasta los ganglios linfáticos, pequeños órganos que actúan como filtros del sistema inmunitario.
Al cabo de solo 24 horas, estos ganglios ya acumulan una cantidad visible de pigmento. Y lo más relevante es que esta tinta no se elimina: puede permanecer allí durante años o incluso toda la vida. De hecho, en algunas personas se ha observado que los ganglios linfáticos sanos cercanos a los tatuajes adquieren una coloración azulada u oscura debido a la absorción de tinta.
El sistema inmunitario no se detiene
Cuando la tinta llega a los ganglios, el sistema inmunitario intenta hacer su trabajo. Las principales protagonistas son unas células llamadas macrófagos, encargadas de absorber y neutralizar sustancias extrañas.
El problema es que la tinta es especialmente difícil de eliminar. Los macrófagos pueden capturarla, pero no pueden degradarla por completo. Con el tiempo, estas células acaban muriendo, y su muerte activa una respuesta inflamatoria.
Al principio, esta inflamación forma parte del proceso normal de cicatrización. Pero los estudios muestran que no siempre se resuelve completamente. Al contrario: existe evidencia de inflamación persistente en los ganglios linfáticos meses después del tatuaje.
Dicho de otro modo, el tatuaje puede dejar una inflamación persistente en una zona clave del sistema inmunitario. Y sabemos que la inflamación crónica es un factor asociado a diversas enfermedades a largo plazo.
¿Los tatuajes son cancerígenos?
Esta es probablemente la pregunta que genera más inquietud, y también la más compleja de responder. No se puede afirmar que un tatuaje cause directamente cáncer, pero hay varios factores que aconsejan prudencia.
¿Qué contienen las tintas de tatuaje?
Aunque la normativa europea limita muchas sustancias peligrosas, es cierto que los tatuajes pueden contener sustancias que la ciencia ya conoce como potencialmente peligrosas:
- La tinta negra puede contener hidrocarburos aromáticos policíclicos, como el benzo(a)pireno, clasificado como carcinógeno.
- Las tintas de colores suelen incluir compuestos azoicos, que con el tiempo pueden descomponerse y liberar sustancias cancerígenas.
- También se han detectado metales pesados como el cadmio o el mercurio.
Introducir estas sustancias dentro del cuerpo y mantenerlas durante años en los ganglios linfáticos podría tener más relevancia de la que hasta ahora se ha considerado desde un punto de vista biológico.
¿Qué dicen los estudios más recientes?
Un estudio publicado en 2025 observó que las personas tatuadas presentan:
- Un mayor riesgo de cáncer de piel.
- Un riesgo aumentado de linfoma, especialmente en el caso de tatuajes grandes (mayores que la palma de la mano). En estos casos, el riesgo puede ser más del doble.
Los investigadores apuntan a una combinación especialmente preocupante: sustancias potencialmente cancerígenas acumuladas en los ganglios linfáticos junto con una inflamación crónica. Con el paso del tiempo, este entorno puede favorecer alteraciones en las células del sistema inmunitario.
No obstante, hay que tener en cuenta que los estudios realizados en este campo presentan limitaciones importantes, por lo que las conclusiones deben valorarse con cautela y confirmarse mediante investigaciones más robustas en el futuro.
Detectar el cáncer a tiempo
Existe un riesgo que sí está claramente documentado: los tatuajes pueden dificultar la detección precoz del cáncer de piel.
La tinta puede camuflar cambios en lunares o lesiones, haciendo más difícil identificar un melanoma en fases iniciales, cuando el tratamiento es más eficaz. Además, la tinta acumulada en los ganglios linfáticos puede confundirse con metástasis en pruebas de imagen, lo que puede dificultar el diagnóstico.
Asimismo, los tatuajes pueden provocar reacciones inflamatorias locales de distinto tipo e intensidad, ya sea por los productos utilizados o por la agresión a la piel inherente al proceso. También pueden asociarse a procesos infecciosos tanto locales como sistémicos, especialmente cuando no se realizan cumpliendo los requisitos higiénicos necesarios.
Razones médicas para tener en cuenta antes de tatuarse
Más allá del cáncer, existen otros motivos de salud que a menudo pasan desapercibidos.
El sistema inmunitario puede funcionar de forma diferente
Los ganglios linfáticos no son simples “almacenes”. Son centros de coordinación del sistema inmunitario. Cuando están inflamados de forma crónica y con macrófagos dañados, la respuesta del cuerpo frente a infecciones o vacunas puede cambiar.
Esto se ha observado en estudios con vacunas:
- La respuesta a vacunas de ARNm, como la de la COVID-19, fue menor en animales.
- En cambio, algunas vacunas inactivadas, como la de la gripe, generaron una respuesta más intensa, probablemente porque la inflamación actuaba como un “estímulo extra”.
Este efecto imprevisible es una señal de que la tinta no es neutra para el sistema inmunitario.
Reacciones alérgicas y otros problemas
Las reacciones alérgicas, especialmente al pigmento rojo, pueden aparecer meses o incluso años después del tatuaje. También se han descrito inflamaciones persistentes y molestias durante pruebas como la resonancia magnética.
Los profesionales sanitarios desaconsejan los tatuajes especialmente en casos como:
- Embarazo y lactancia
- Personas inmunodeprimidas
- Personas con enfermedades de la piel como la psoriasis o el vitíligo
- Personas con riesgo de endocarditis, como pacientes con cardiopatías congénitas, portadores de válvulas artificiales o dispositivos cardíacos
Tatuajes y enfermedades autoinmunes
En personas con enfermedades autoinmunes, el tatuaje puede actuar como un desencadenante.
En patologías como la psoriasis o el vitíligo, el trauma de la aguja puede provocar la aparición de lesiones exactamente sobre el tatuaje. Es lo que se conoce como fenómeno de Koebner.
La sarcoidosis es una de las enfermedades más frecuentemente asociadas a los tatuajes. En algunos casos, la reacción inflamatoria a los pigmentos es la primera pista de una enfermedad sistémica.
Entonces, ¿tatuajes sí o no?
Hacerse un tatuaje es una decisión personal, pero no es una decisión biológicamente neutra. La tinta no desaparece y puede interactuar con el sistema inmunitario durante muchos años.
Es fundamental elegir cuidadosamente el tamaño, la ubicación y el tipo de tatuaje que se desea realizar. Asimismo, es imprescindible que el procedimiento sea llevado a cabo por un profesional acreditado y en un centro que cumpla estrictamente todos los requisitos higiénico-sanitarios.
Para las personas que ya tienen tatuajes, el consejo principal es claro: vigilar la piel, realizar autoexámenes periódicos y consultar cualquier cambio sospechoso.
Para quienes todavía lo están pensando, se recomienda prudencia y, sobre todo, entender que lo que ocurre dentro del cuerpo es tan importante como elegir el dibujo que se quiere llevar en la piel.
INFORMACIÓN DOCUMENTADA POR:
Dra. Irene Fuertes, Servicio de Dermatología del Hospital Clínic de Barcelona.
