Tras la pandemia de la COVID-19, el mundo ha experimentado una clara recuperación de la movilidad internacional. Durante meses, los desplazamientos globales se redujeron drásticamente y muchos expertos se preguntaban si aquel choque podría marcar un antes y un después en la forma en que nos movemos. La pandemia hizo emerger alternativas como las teleconferencias o el teletrabajo, que parecían capaces de reducir de forma estructural la necesidad de viajar. Sin embargo, y a pesar de las dudas iniciales sobre si recuperaríamos los niveles de hipermovilidad previos, los datos indican que la movilidad internacional continúa creciendo a un ritmo sostenido del 4–5 % anual, en línea con las proyecciones previas a la pandemia. Además, una parte significativa de estos desplazamientos (alrededor del 60 %) tiene como destino regiones de clima templado situadas en Asia, África o América Latina. Este patrón no solo refleja cambios en el turismo global, sino también una intensificación de los contactos entre zonas con realidades epidemiológicas muy diversas.
Por qué la movilidad internacional es el principal amplificador de enfermedades emergentes
Se ha hablado ampliamente de los factores que explican la aparición de enfermedades emergentes, la mayoría de ellas de origen zoonótico. A menudo se citan el uso del suelo y la deforestación, el cambio climático, la ganadería intensiva, la presión demográfica y los factores sociales (como la pobreza y la presencia de sistemas sanitarios débiles) como elementos clave que facilitan el salto de patógenos de los animales a los humanos. Sin embargo, el factor determinante para su diseminación a escala global es la hipermovilidad, que permite a los seres humanos desplazarnos de un extremo a otro del mundo en menos de 24 horas. Hace solo seis años, el mundo fue testigo de cómo la aparición de una nueva enfermedad, la COVID-19, originada en un contexto localizado, se propagó en cuestión de días a varios continentes gracias a los flujos constantes de viajeros internacionales.
Zoonosis y viajes: cómo los patógenos locales pueden convertirse en globales en cuestión de días
Este mismo mes, un grupo de personas de distintas nacionalidades en un crucero contribuyó a transportar una enfermedad zoonótica, el virus Andes —un tipo de hantavirus—, a sus respectivos países. Este episodio ilustra cómo la movilidad global puede actuar como un vector multiplicador, independientemente de la naturaleza del patógeno. Y no solo las enfermedades de transmisión directa por aire o contacto son susceptibles de difundirse de este modo. En los últimos años, se han detectado episodios esporádicos de dengue en diversas regiones europeas. Estos casos mantienen en alerta a los sistemas de salud pública, conscientes de que basta con que se den las condiciones adecuadas —como la presencia del vector y la introducción del virus a través de un viajero infectado— para que se establezca una transmisión local sostenida en el Mediterráneo.
Esta es la realidad con la que convivimos. La movilidad internacional es el eje vertebrador de la diseminación de estas enfermedades y es, como hemos visto, un fenómeno estructural y difícilmente reversible. Conviene evitar simplificaciones: la diseminación global de enfermedades emergentes no está asociada principalmente a los movimientos migratorios lentos y sostenidos, sino a la intensidad y rapidez de los flujos de viajeros internacionales.
Del diagnóstico precoz a la coordinación internacional: cómo gestionar el riesgo
Ante esta situación, la pregunta no es cómo detener la movilidad, sino cómo gestionar sus riesgos. Es necesario seguir abordando los factores que facilitan el salto de los patógenos a los humanos, pese a su complejidad y a la dificultad de actuar sobre dinámicas globales. A menudo se apela a la necesidad de coordinar los ámbitos de la salud humana, animal y ambiental, pero esta visión compartida rara vez se traduce en mecanismos efectivos de trabajo conjunto. El verdadero desafío no es identificar el problema, sino lograr que estos actores trabajen de manera integrada y sostenida, con un papel clave de la administración pública a la hora de promover esta coordinación, en estrecha colaboración con el tejido empresarial y otros actores del sector privado.
Por otro lado, resulta imprescindible reforzar los sistemas de vigilancia epidemiológica y los mecanismos de alerta precoz, incorporando herramientas que amplían de forma significativa nuestra capacidad de detección y respuesta, como la salud digital, la inteligencia artificial y los avances en diagnóstico. Solo con detección rápida, coordinación internacional y capacidad de respuesta podremos minimizar el impacto de las próximas amenazas sanitarias en un mundo inevitablemente interconectado.
