El tratamiento de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) se basa en la psicoterapia, junto con la mejora en la relación con la alimentación y la recuperación de la salud física. Durante la fase activa de la enfermedad pueden aparecer complicaciones médicas agudas, pero es importante diferenciarlas de las secuelas físicas que pueden persistir una vez la persona se ha recuperado clínicamente y ya no presenta los síntomas activos del TCA.
Los TCA afectan prácticamente a todos los órganos del cuerpo. La desnutrición, los desequilibrios hormonales y las conductas purgativas someten al organismo a un estrés continuo, que puede derivar en secuelas persistentes. Según un estudio publicado en BMJ Medicine, estas afectaciones son múltiples, afectan a casi todos los sistemas del cuerpo y algunas pueden mantenerse hasta una década después del diagnóstico.
El riesgo de complicaciones graves como diabetes, insuficiencia renal, osteoporosis o enfermedades cardiovasculares es especialmente alto durante el primer año después del diagnóstico, sobre todo mientras la enfermedad está activa. En algunos casos, sin embargo, determinadas alteraciones pueden persistir a pesar de la recuperación clínica, lo que pone de manifiesto la necesidad de un seguimiento médico prolongado y multidisciplinar.
Un impacto sistémico: cuando todo el cuerpo se ve afectado
Los TCA son enfermedades que afectan al funcionamiento global del cuerpo. La falta de energía obliga al organismo a priorizar funciones vitales y a “apagar” sistemas no esenciales, generando un efecto en cadena que puede cronificarse.
A continuación, se detallan las principales secuelas físicas que pueden persistir a largo plazo, incluso años después de haber superado el trastorno de la conducta alimentaria.
Complicaciones cardiovasculares
El corazón y el sistema circulatorio son de los órganos que más se ven afectados. Algunas alteraciones cardiovasculares aparecen durante la fase activa de la enfermedad y suelen revertirse con la recuperación nutricional. A largo plazo, un estudio poblacional indica que, cinco años después del diagnóstico de un TCA, el riesgo de insuficiencia cardíaca es 1,8 veces superior respecto a la población general.
Ante la falta de energía, el cuerpo activa mecanismos para conservarla, como la disminución del ritmo cardíaco. Esto puede provocar bradicardia sinusal (frecuencia cardíaca por debajo de 60 latidos por minuto, e incluso de 40) e hipotensión arterial mantenida. Estas alteraciones suelen mejorar con la recuperación del peso y del estado nutricional.
Durante la fase activa del trastorno, en personas con conductas purgativas (vómitos o uso de laxantes), existe un riesgo muy elevado de arritmias graves debido a la pérdida importante de potasio. Una vez estas conductas desaparecen, este riesgo suele reducirse, aunque puede persistir un mayor riesgo cardiovascular en comparación con la población general.
Secuelas óseas y reumatológicas
El sistema esquelético es uno de los más perjudicados, y las secuelas en los huesos suelen ser las más persistentes, crónicas y, en ocasiones, irreversibles, especialmente si la enfermedad se desarrolla durante la adolescencia.
La inanición y el bajo peso detienen la producción de estrógenos y testosterona (hipogonadismo). Como los estrógenos protegen el hueso, su ausencia, sumada a un nivel elevado de cortisol (hormona del estrés) y a niveles muy bajos de IGF-1 (factor de crecimiento), conduce a una descalcificación rápida.
El impacto es importante también a largo plazo. El riesgo de desarrollar osteoporosis es 6,1 veces superior cinco años después del inicio del diagnóstico. El debilitamiento de los huesos hace que el riesgo de sufrir fracturas por fragilidad sea 7 veces superior respecto a una persona sana, y este riesgo aumentado se mantiene durante más de una década.
Por este motivo, no es extraño encontrar personas que, años después de recuperarse de una anorexia, continúan en seguimiento reumatológico por osteoporosis residual.
