26 de febrero del 2025
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COVID prolongada
La COVID prolongada (long COVID o síndrome de COVID postaguda PASC, por sus siglas en inglés) es una enfermedad que puede afectar a distintos órganos del cuerpo. Se produce cuando algunos síntomas debilitantes de la COVID-19 se mantienen en el tiempo.
Los casos de COVID prolongada pueden tener su origen en infecciones asintomáticas, sintomáticas o en casos graves que han requerido hospitalización. Los casos de COVID postaguda con secuelas no siempre se producen en personas que hayan necesitado ingreso hospitalario.
La gran mayoría de los pacientes con secuelas pulmonares son personas que han estado ingresadas y han necesitado oxígeno y ventilación, así como tratamiento antiinflamatorio para controlar la respuesta inmunitaria generada por el virus. En estos pacientes, tras finalizar la fase hiperinflamatoria, puede persistir dolor residual, cicatrización pulmonar o incluso una inflamación persistente que requiera prolongar el tratamiento.
La COVID postaguda incluye dos subgrupos:
- COVID prolongada: persistencia de síntomas (presentes o no al inicio de la infección) más allá de las 4 semanas desde la infección, de forma permanente, intermitente o con mejoría progresiva.
- PASC (secuelas): daño irreversible en los tejidos después de 12 semanas, que puede desencadenar distintos grados de disfunción y la correspondiente sintomatología.
Los niños desarrollan la infección por COVID de forma asintomática o mucho más leve que los adultos. Si aparecen síntomas, suelen ser de corta duración. No obstante, se han observado casos leves y asintomáticos que han desarrollado síntomas prolongados como:
Insomnio
Fatiga
Disnea
Palpitaciones
Dificultad para concentrarse
Debilidad muscular
A medida que aumenta la edad, también aumenta el riesgo de presentar estos síntomas.
Aunque es poco frecuente, se ha descrito el desarrollo de un síndrome inflamatorio multisistémico en niños (MIS-C, por sus siglas en inglés: Multisystem Inflammatory Syndrome in Children), que puede aparecer entre 3 y 6 semanas después del diagnóstico y que suele requerir tratamiento para el control de los síntomas.
Esta condición puede aparecer en al menos el 10-15 % de los pacientes con COVID-19 y supone un reto adicional tanto para los pacientes como para el sistema sanitario. Existen datos que indican que los casos de COVID prolongada y/o PASC son actualmente menos frecuentes que al inicio de la pandemia.
Las causas que producen la COVID prolongada siguen sin conocerse con exactitud, pero se cree que algunas posibles son:
La presencia de reservorios virales: células que contienen virus inactivados.
El daño inflamatorio como respuesta a la infección aguda.
Las alteraciones del sistema inmunitario producidas por la interacción del virus con el organismo.
Las microtrombosis.
Los pacientes con COVID prolongada o postaguda (PASC) presentan un amplio espectro de manifestaciones. Las más prevalentes son: fatiga (52 %), síntomas cardiorrespiratorios (30-42 %) como la disnea, síntomas neurológicos (40 %) como el dolor de cabeza y problemas de atención, entre muchos otros.
Efectos a nivel pulmonar: disnea (falta de aire) y tos
Efectos cardíacos: dolor torácico, arritmias, pericarditis
Efectos hematológicos: trombosis (formación de coágulos sanguíneos) y descenso de células sanguíneas
Efectos neurológicos: fatiga, dolor de cabeza, niebla mental
Mareo
Pérdida de olfato, gusto y/o alucinaciones olfativas: Se ha observado que esta sintomatología no se produce de forma tan frecuente con la variante Òmicron, y particularmente afecta a mujeres jóvenes menores de 50 años. A partir de los 6 meses, aquellos pacientes que no lo recuperan quizá les cuesta un poco más, o en algunos casos puede convertirse en una secuela. Por eso se debe realizar un entrenamiento olfativo, que consiste en enseñar nuevamente al olfato exponiéndolo a fragancias u olores habituales, ya que por ahora no existe ningún tratamiento que revierta los síntomas.
Otros trastornos psicológicos: ansiedad y depresión, alteraciones del sueño, trastorno por estrés postraumático (TEPT). Aún se desconoce si pueden estar directamente causados por la infección viral y la respuesta inmunitaria desencadenada para combatir el virus. Los más frecuentes son ansiedad, depresión, alteraciones del sueño y TEPT.
Efectos musculoesqueléticos: dolor muscular y dolor articular.
Efectos gastrointestinales y hepatobiliares: diarrea, alteración de la microbiota intestinal por disminución de microorganismos beneficiosos.
Efectos endocrinos: diabetes o empeoramiento de casos previamente diagnosticados, irregularidades en el ciclo menstrual, tiroiditis, desmineralización ósea.
Efectos dermatológicos: caída del cabello (en el 25 % de los casos), lesiones cutáneas, prurito.
El diagnóstico es fundamentalmente clínico, en base a la presencia de síntomas que no se justificarían por otra causa distinta a la infección por SARS-CoV2.
Actualmente, no existe tratamiento para el síndrome de COVID post agudo, pero sí para determinados síntomas. En muchos casos a partir de los 3 meses los pacientes mejoran y algunos se les da el alta.
El tratamiento clave es la rehabilitación física, neurocognitiva y el soporte psicológico. La sintomatología de estos pacientes tiene un impacto en su calidad de vida tanto a nivel físico como psicológico, por eso, realizar un abordaje en estos dos ámbitos aporta una mejora sustancial.
La actividad física puede dificultarse en estos pacientes con fatiga y no tendrán el mismo rendimiento que antes de haber pasado la COVID, pero pueden mejorar si la realizan de forma planificada, programada y con control del ritmo.
El sedentarismo prolongado, tanto en la fase aguda como posteriormente, puede favorecer el deterioro físico, incrementar la fatiga y la intolerancia al esfuerzo, así como enfermedades musculoesqueléticas.
Aunque las vacunas autorizadas frente a la COVID-19 han demostrado ser altamente efectivas para prevenir casos graves de enfermedad aguda, aún no se ha determinado su capacidad para prevenir el síndrome PASC o la COVID prolongada.
La evidencia actual sugiere que la vacunación puede ayudar a mitigar los efectos a largo plazo del virus, aunque se necesita más investigación para confirmar y cuantificar esta hipótesis.
En un análisis reciente se observaron menos casos de PASC que en periodos anteriores. Hasta un 28 % de la reducción de los casos de PASC se atribuyó a cambios en el SARS-CoV-2 y otros factores temporales, mientras que el 72 % de la reducción se atribuyó al efecto de la vacunación.
Se necesita más evidencia y estudios realizados por equipos multidisciplinares para comprender las causas de estos efectos a largo plazo.
Falta información sobre los mecanismos que se desencadenan tras la infección, con el fin de mejorar el análisis y el tratamiento de una sintomatología tan diversa, y así poder desarrollar pruebas diagnósticas, medidas preventivas y estrategias de rehabilitación.
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Publicado: 12 de marzo del 2020
Actualizado: 17 de diciembre del 2024
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