Los cambios en el estilo de vida constituyen una parte fundamental en el manejo de la presión arterial elevada y de la hipertensión arterial. En algunas personas, especialmente en fases iniciales, estas medidas pueden ser suficientes para reducir las cifras de presión arterial y retrasar o evitar la necesidad de tratamiento farmacológico. En otros casos, aunque sea necesario el uso de medicación, el mantenimiento de hábitos saludables sigue siendo imprescindible para mejorar el control de la presión arterial y reducir el riesgo cardiovascular.
El tratamiento no farmacológico debe mantenerse siempre, tanto si la persona recibe tratamiento farmacológico como si no. Sus objetivos son reducir la presión arterial, mejorar el perfil metabólico, favorecer un peso saludable y disminuir el riesgo de complicaciones cardiovasculares, renales y cerebrovasculares.
Las principales medidas recomendadas son:
Alimentación saludable. Se recomienda seguir un patrón de alimentación saludable, como la dieta mediterránea, rica en verduras, frutas, legumbres, frutos secos, cereales integrales, pescado y aceite de oliva virgen extra. Se aconseja limitar el consumo de carnes rojas y procesadas, alimentos ultraprocesados, bebidas azucaradas y productos con alto contenido en sal.
Reducción del consumo de sal. Es una de las medidas más relevantes para el control de la presión arterial. Para ello, se recomienda evitar o reducir alimentos con alto contenido en sal, como embutidos, conservas, aperitivos salados, platos precocinados, salsas comerciales y productos procesados.
Consumo de alcohol y tabaco. Se recomienda evitar el consumo de tabaco y reducir al máximo la ingesta de alcohol. El tabaco incrementa el riesgo cardiovascular global y favorece el daño vascular. El alcohol puede elevar la presión arterial y dificultar su control, especialmente cuando se consume en cantidades elevadas.
Descanso y sueño. El descanso adecuado forma parte de un estilo de vida saludable. La falta de sueño, el insomnio y algunos trastornos como el síndrome de apnea obstructiva del sueño pueden contribuir al aumento de la presión arterial o dificultar su control. En personas con ronquido intenso, pausas respiratorias durante el sueño, somnolencia diurna o hipertensión resistente, puede ser necesaria una valoración específica.
Peso saludable. El sobrepeso y la obesidad se asocian a un mayor riesgo de desarrollar hipertensión arterial y dificultan su control. La pérdida de peso, cuando está indicada, contribuye a reducir las cifras de presión arterial y a mejorar otros factores de riesgo cardiovascular, como la diabetes, la dislipemia o el síndrome metabólico.
Actividad física. Se recomienda realizar actividad física de forma regular, adaptada a la edad, la situación clínica y la capacidad funcional de cada persona. El ejercicio aeróbico, como caminar a paso ligero, ir en bicicleta, nadar o bailar ayuda a reducir la presión arterial y mejora la salud cardiovascular.
También puede ser beneficioso combinar el ejercicio aeróbico con ejercicios de fuerza, siempre de manera progresiva y siguiendo las recomendaciones del equipo sanitario, especialmente en personas con enfermedad cardiovascular, limitaciones funcionales o hipertensión mal controlada.
Estrés y bienestar emocional. El estrés mantenido puede influir en los hábitos de vida y favorecer aumentos transitorios de la presión arterial. Las estrategias de autocuidado, descanso adecuado, actividad física, apoyo social y acompañamiento profesional cuando sea necesario pueden ayudar a mejorar el bienestar general y la adherencia al tratamiento.
Apoyo social y educación terapéutica. La educación terapéutica ayuda a que la persona conozca mejor su enfermedad, entienda la importancia del tratamiento y participe activamente en su autocuidado. La implicación de la familia o de las personas cuidadoras puede facilitar la adherencia a las recomendaciones, la toma correcta de la medicación y el seguimiento de la presión arterial en domicilio.
Cuando las medidas de estilo de vida no son suficientes para controlar la presión arterial, o el riesgo cardiovascular lo requiere, puede iniciarse tratamiento farmacológico. La indicación se basa en las cifras de presión arterial, el riesgo global, la presencia de otros factores y la posible afectación de órganos como el corazón, el riñón, el cerebro o las arterias.
La hipertensión arterial es una enfermedad crónica y, en muchos casos, el tratamiento debe mantenerse a largo plazo. Los fármacos antihipertensivos son, en general, eficaces y bien tolerados, aunque pueden producir efectos secundarios.
Hinchazón de tobillos, con algunos antagonistas del calcio.
Tos seca persistente, asociada a algunos inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina.
Alteraciones en los niveles de potasio, sodio, función renal, glucosa o ácido úrico, especialmente con algunos diuréticos o en determinados pacientes.
Mareo o sensación de debilidad, sobre todo si la presión arterial desciende en exceso o al ponerse de pie.
Ante la aparición de efectos secundarios, no se debe suspender el tratamiento sin consultar. Es importante contactar con el equipo sanitario, ya que puede ajustarse la dosis, cambiar el fármaco o utilizar alternativas mejor toleradas.
Cuando se requiere más de un medicamento, se prioriza el uso de combinaciones en un solo comprimido, ya que facilita la adherencia y mejora el control de la presión arterial.
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Información documentada por:
Carol Fernández SoutoCoordinadora Asistencial de EnfemeríaServicio de Medicina Interna y Enfermedades Sistémicas
Constanza Sepúlveda GallardoMédico GeriatraServicio de Medicina Interna y Enfermedades Sistémicas
Cristina Benítez CalvoEnfermera de Práctica Avanzada en hipertensión arterial y riesgo vascularServicio de Medicina Interna y Enfermedades Sistémicas
Cristina Sierra BenitoMédico InternistaServicio de Medicina Interna y Enfermedades Sistémicas
Miguel Camafort BabkowskiMédico InternistaServicio de Medicina Interna y Enfermedades Sistémicas
Publicado: 20 de febrero del 2018
Actualizado: 18 de agosto del 2026
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